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sábado, 4 de diciembre de 2010

El terrorista y la chica bombón o entre la legalidad e ilegalidad

 VI

–¿De qué problemas legales hablas?  –Espetó María Claudia Sánchez.

–Del marido de Diana, pues.

–A ver, a ver, usted. No, usted, usté. Carambas. No estoy jugando. 

La risa fue uniforme, primero. Como siempre fueron El Boxeador y La Princesa los que comenzaron el horrísono concierto. Los siguieron títere Tundeque y alias Zara, el lustra botas. Aranías, graduado de la primera promoción de Arqueología de la Villarreal, recordó sus primeros días de estudiante, esos dolores de cabeza terribles  y las campanas… a Cristobal Campana.

–¿Qué? Pero si no es su marido… 

–¿Cómo es eso que a los jesuitas los expulsaron del Perú? –Preguntó, con un tono alicaído el profesor.

Pavoneado como siempre, Arturo Bobadilla elucubró sus pensares. Maquinó las verdades del arcano olvidado, elaboró, otra vez, el discurso que pronunciaría en Suecia y  se encomendó a San Hinostroza, canonizado contra natura,  porque no recordaba un carajo del su profesor del Salesiano.

–Naturalmente –dijo Bobadilla– por las reformas borbónicas. España tenía terror al Aufklärung, al conocimiento, que, pues, representaban los jesuitas en el país. Recuerde que San Ignacio…

–Sí, sí, pero quiero ejemplos. Ejemplos, hombre, ejemplos.

Recordó a su viejo amigo, el soviet que se fue a Gibraltar a probar el apocalipsis de una noche de verano a destajo. Quiso abrazarlo. Decirle que no se había quedado lelo desde hacía años, ¿tantos años, no, querido Khrushchev? Y caminar bajo la nada como aquel otoño cruel. Eran muchos los poemas rezados en silencio tras tu partida. ¿Y si te regalo El sueño del celta en ni bien sale? Y si…

–No ha leído, ¿cierto? –Preguntó con sonrisa maliciosa el profesor de Introducción a la Historia.

Matutino Ruiz esbozó una sonrisa. Después de todo, le dijo a El Tirador, venir a la Universidad no es tan aburrido como solía serlo, ¿no? Tampoco respondió.

–¿Pero qué pasa acá? Responde, joder.

–Tengo miedo. Ahora que has vuelto, podemos tener problemas… Puede censurarme la revista… puedo hasta ir a…

–Si sigues así jamás serás un buen escritor, Jesús. No debes tener miedo a nada. Tienes que contarlo todo, incluso si pierdes la amistad de varios… no seas como...

La chica bombón, que escuchó esto último, sonrió. Ya no necesitaba más. Echó un ojo a Empa, absorto como siempre con María Claudia. Extrañó las caminatas por Colmena, el centro histórico… Pero, el terrorista parecía sincero. ¿Había cambiado en tan poco tiempo acaso?

jueves, 2 de diciembre de 2010

El terrorista y la chica bombón

IV

–Me has copiado, cabrón. –Digo y, rápidamente, inquiero a Bobadilla–. 

La chica bombón se quedó perpleja. Vaya, Magallán, hasta que al fin se lo dijiste. Como siempre se te hacía así… 

Bobadilla quiso responder con algo retórico, abracadabrantemente intelectual. Yapítero paró la oreja, cuatro chicas de lingüística aspiraron sus quejidos y Diana Torres estiró los dedos de la mano derecha y todas sus yemas fueron al dedo pulgar, lo hacía constantemente.

–Cómo vas a ponerle Los perros de la vanidad, cabronazo. –Le atajé–. Los hijos de la vanidad lo escribí en Alaska, cuando me fui en la valija de La Loca d’Arte.

Alfredo Vargas Echenique protestó desde lo más hondo del salón. Ana Marina d’Arte me reclamó lo de “La Loca” y la chica bombón se levantó al fin:

–Y no solo has copiado un cuento de Empa sino un post y catorce poemas y un blasón desesperado míos. Ah… sí, y has modificados trece cuentos de mi autoría, sin mi permiso. 
 
Con su verborrea conocida y su seguridad desafiante, como de profesor de colegio estatal o en su defecto del Leoncio Prado, a Arturo Bobadilla no le quedó más que el cinismo:

–Pero, ¿de qué plagio hablas, buen Magallanes? He mejorado considerable el cuento. Ahora no solo está bien escrito sino que es sólido: Ya no hay Pedros Orésteguis ni Florentinos Urdanivias, ahora hay gente autorizada, muerta, que habla de la vida y de las drogas, hombre.

–¡Se apellida Magallán, no Magallanes! –Gritó María Claudia Sánchez desde los brazos de Carlo Sar.

–¿De qué solidez hablas, gentilhombre? –Irrumpió de pronto Matutino Ruiz con libro en mano–. No eres más que un solipsista.

Todos nos sorprendimos, hasta Arturo Bobadilla, su némesis. Hacía tiempo que no se le veía por la Universidad. Pensábamos que había caído preso…
Bobadilla y Ruiz, se parecían físicamente, algunos decían que eran hermanos, pero, imposible, hombre, Matutino aún no había caído a eso que alguna vez un blogger llamó el marasmo de la mímesis y la chica bombón se preguntó : ¿se acabó?