martes, 7 de diciembre de 2010

A propósito del chico bombón o de Pierrot, el ausente (Segunda parte)

V

- Aló, Jesús.

Putamadre, rezongó Verástegui. Mamma Gonzales había empezado su exposición y toditos la seguían con los ojos y los dientes. Tenía bien disimulados sus cuarenta otoños (¿no eran cincuenta, Jesús?). Y el examen que se aproximaba reptando, y la prosa alicaída de la pruebita sobre el príncipe danés (pero tú nos demostraste que Hamlet era el bardo, Jesús, no te preocupes), aunque, claro está, Rivasplata está en otra.

- Sí, sí, dime... Uhm... Mejor llámame después porque Gonzales está hablando sobre Trilce. Cuídate.

Y cuelga. Fue algo desesperado, lo reconoce. En especial el último "Cuídate". No sonó muy bien. Faltó acentuar su innata empatía. Ahora se da cuenta de que El pelucas y Rivasplata han seguido sus últimas palabras. "He aquí la diferencia entre un sátiro esmirriado y uno antropófago", piensa súbitamente Verástegui. De pronto, Rivasplata le arrebata el celular.

- Bobadilla, Bobadilla, ¿dónde está mi merendilla?

El pelucas ríe espasmódicamente. Gonzales está furibunda. No duerme muy bien, ha vuelto a sus místicos españoles. El dictamen de Rivasplata es certero: "Para ser mujer y entrar en éxtasis, nada como una buena tripita". Aún sostiene el celular. Juega con él. Se le caerá, nosotros esperamos. El pelucas da cuenta del peligro que corren. "¿Qué peligro", se dice Verástegui, en afán solipsista, y se oye el murmullo de una lejana acusación.

- Señor Rivasplata, por favor, alcánceme ese celular. ¿Es que no logran imaginarse el esfuerzo que me supone articular la clase?

Rivasplata, compungido y envalentonado a un tiempo, se levanta, y el salón prorrumpe en sollozos y burlas. "¡La horca! ¡La horca!", grita Gabriel Vizcaíno. Alguien lo calla, felizmente. Las sabrosas (Jesús dixit) de Lingüística son quienes lloran. "Allá va el último hombre", se dice Silvana Ocampo.
- Señor Rivasplata, hable sobre la asunción de la muerte en Hamlet. Silencio, nimio y espectral. Bobadilla aún no aparece.

(Versión de la profana de La chica bombón, originalmente publicado en: http://monstruorumartifex.blogspot.com/2010/12/proposito-del-chico-bombon-o-de-pierrot.html)

A propósito del chico bombón o del guiño sonámbulo (Primera parte)

II

Iván Yapatera nos mira de lado y sonríe, pero solo por unos segundos. Finalmente pasa de largo, piensa en alguna contradicción in adjecto, entra al salón y se sienta en una de las últimas carpetas. Suponemos que la proclama anarquista que un estudiante de Lingüística dejó grabada sobre el tablero de aquella es la responsable de que Yapatera ría estrepitosamente. No hay nadie más en el salón. Observamos que ha aprendido a reír y lo felicitamos mentalmente puesto que el aprendizaje ha sido lento y pesaroso (ocho o nueve semanas de abstinencia sexual como mínimo).

Los ojos de Iván Yapatera, adormilados, nos sirven: el salón se llena lentamente, la luz que ingresa por los ventanales ilumina los rostros de los estudiantes, y tienta a Yapatera la idea de que el salón es un gran pulpo que traga inmisericordemente a sus víctimas. "No obstante, estoy salvado", piensa Yapatera, y ríe nuevamente, aunque con algo más de recato. Observa al bueno de Percival y, luego del "Hola, ¿qué tal?", vuelve a su castillo de hojalata. Desfilan luego Jesús Verástegui y Pablo Rivasplata, quienes pasan a sentarse frente al pizarrón. Kôrogi El pelucas Torres, especialmente sombría, llega del brazo de Rita Reaño, especialmente risueña. Vemos que Verástegui susurra algo al oído de Rivasplata y sospechamos lo peor: algún problema con Bobadilla, el incordio aún no resuelto. Pero es que Rivasplata está pisando el pie de Verástegui, y su sensibilidad es harto conocida. "Nadie cree ya que El pelucas viva envuelta en sombras", piensa Yapatera, "sobre todo desde el asunto con Bobadilla", al tiempo que Reaño besa su mejilla derecha. Un beso limpio. Reaño se sienta a su lado, saca un cuaderno de su morral y escribe algo que no logramos leer desde aquí. El pelucas se despide, desciende algunos escalones y contempla el discurrir del nouveau duo. Verástegui percibe que alguien lo dibuja entre pupila y pupila y vuelve a susurrar al oído de Rivasplata. Lo cómico se inmiscuye en tanto que Yapatera se considera afortunado, lo que nos obliga a abandonar el frontispicio de su castillo.


Lastimosamente, faltan pocos segundos para que la cinta llegue a su fin. Son, no obstante, segundos decisivos: Kôrogi El pelucas Torres ha llegado al ámbito del flamante dúo dinámico y, qué creen, Rivasplata menciona a Bobadilla. La fórmula es sencilla mas efectiva. Verástegui se sonroja y Torres sonríe. Estos minutos nos han bastado para conocer los resortes de Yapatera y no nos es difícil adivinar su siguiente pensamiento: "Ojalá no llegue nunca el payaso de Bobadilla."


(Versión de la profana de La chica bombón, originalmente publicado en: http://monstruorumartifex.blogspot.com/2010/12/proposito-del-chico-bombon-o-del-guino.html)

sábado, 4 de diciembre de 2010

El terrorista y la chica bombón o entre la legalidad e ilegalidad

 VI

–¿De qué problemas legales hablas?  –Espetó María Claudia Sánchez.

–Del marido de Diana, pues.

–A ver, a ver, usted. No, usted, usté. Carambas. No estoy jugando. 

La risa fue uniforme, primero. Como siempre fueron El Boxeador y La Princesa los que comenzaron el horrísono concierto. Los siguieron títere Tundeque y alias Zara, el lustra botas. Aranías, graduado de la primera promoción de Arqueología de la Villarreal, recordó sus primeros días de estudiante, esos dolores de cabeza terribles  y las campanas… a Cristobal Campana.

–¿Qué? Pero si no es su marido… 

–¿Cómo es eso que a los jesuitas los expulsaron del Perú? –Preguntó, con un tono alicaído el profesor.

Pavoneado como siempre, Arturo Bobadilla elucubró sus pensares. Maquinó las verdades del arcano olvidado, elaboró, otra vez, el discurso que pronunciaría en Suecia y  se encomendó a San Hinostroza, canonizado contra natura,  porque no recordaba un carajo del su profesor del Salesiano.

–Naturalmente –dijo Bobadilla– por las reformas borbónicas. España tenía terror al Aufklärung, al conocimiento, que, pues, representaban los jesuitas en el país. Recuerde que San Ignacio…

–Sí, sí, pero quiero ejemplos. Ejemplos, hombre, ejemplos.

Recordó a su viejo amigo, el soviet que se fue a Gibraltar a probar el apocalipsis de una noche de verano a destajo. Quiso abrazarlo. Decirle que no se había quedado lelo desde hacía años, ¿tantos años, no, querido Khrushchev? Y caminar bajo la nada como aquel otoño cruel. Eran muchos los poemas rezados en silencio tras tu partida. ¿Y si te regalo El sueño del celta en ni bien sale? Y si…

–No ha leído, ¿cierto? –Preguntó con sonrisa maliciosa el profesor de Introducción a la Historia.

Matutino Ruiz esbozó una sonrisa. Después de todo, le dijo a El Tirador, venir a la Universidad no es tan aburrido como solía serlo, ¿no? Tampoco respondió.

–¿Pero qué pasa acá? Responde, joder.

–Tengo miedo. Ahora que has vuelto, podemos tener problemas… Puede censurarme la revista… puedo hasta ir a…

–Si sigues así jamás serás un buen escritor, Jesús. No debes tener miedo a nada. Tienes que contarlo todo, incluso si pierdes la amistad de varios… no seas como...

La chica bombón, que escuchó esto último, sonrió. Ya no necesitaba más. Echó un ojo a Empa, absorto como siempre con María Claudia. Extrañó las caminatas por Colmena, el centro histórico… Pero, el terrorista parecía sincero. ¿Había cambiado en tan poco tiempo acaso?

jueves, 2 de diciembre de 2010

El terrorista y la chica bombón

IV

–Me has copiado, cabrón. –Digo y, rápidamente, inquiero a Bobadilla–. 

La chica bombón se quedó perpleja. Vaya, Magallán, hasta que al fin se lo dijiste. Como siempre se te hacía así… 

Bobadilla quiso responder con algo retórico, abracadabrantemente intelectual. Yapítero paró la oreja, cuatro chicas de lingüística aspiraron sus quejidos y Diana Torres estiró los dedos de la mano derecha y todas sus yemas fueron al dedo pulgar, lo hacía constantemente.

–Cómo vas a ponerle Los perros de la vanidad, cabronazo. –Le atajé–. Los hijos de la vanidad lo escribí en Alaska, cuando me fui en la valija de La Loca d’Arte.

Alfredo Vargas Echenique protestó desde lo más hondo del salón. Ana Marina d’Arte me reclamó lo de “La Loca” y la chica bombón se levantó al fin:

–Y no solo has copiado un cuento de Empa sino un post y catorce poemas y un blasón desesperado míos. Ah… sí, y has modificados trece cuentos de mi autoría, sin mi permiso. 
 
Con su verborrea conocida y su seguridad desafiante, como de profesor de colegio estatal o en su defecto del Leoncio Prado, a Arturo Bobadilla no le quedó más que el cinismo:

–Pero, ¿de qué plagio hablas, buen Magallanes? He mejorado considerable el cuento. Ahora no solo está bien escrito sino que es sólido: Ya no hay Pedros Orésteguis ni Florentinos Urdanivias, ahora hay gente autorizada, muerta, que habla de la vida y de las drogas, hombre.

–¡Se apellida Magallán, no Magallanes! –Gritó María Claudia Sánchez desde los brazos de Carlo Sar.

–¿De qué solidez hablas, gentilhombre? –Irrumpió de pronto Matutino Ruiz con libro en mano–. No eres más que un solipsista.

Todos nos sorprendimos, hasta Arturo Bobadilla, su némesis. Hacía tiempo que no se le veía por la Universidad. Pensábamos que había caído preso…
Bobadilla y Ruiz, se parecían físicamente, algunos decían que eran hermanos, pero, imposible, hombre, Matutino aún no había caído a eso que alguna vez un blogger llamó el marasmo de la mímesis y la chica bombón se preguntó : ¿se acabó?

La chica bombón

I

Mi queridísima amiga María Claudia Sánchez me dice Empaminondas Magallán, hay una nueva pareja en el salón.

–Las hay varias, querida María. –le respondo.

La chica bombón pasa risueña por el pasillo de la facultad y le hace así con los ojitos a María Claudia y a mí ni me saluda, aún está fustigada por lo de la otredad, pienso. A los pocos metros corre sin parar Arturo Bobadilla, el mejor del género épico peruano, traductor de Aristófanes y Hesiodo al araucano. Diana, le grita, espérame, le implora.

–¿Los viste? –Me pregunta María Claudia– Paran así, de arriba para abajo: él implorándole amor, ella quemándole el clamor.

–¿Los chanchos vuelan, Claudia María?¿Cómo es eso de que el mejor amigo del cielo, Saturno Bobadilla, va estar tras Dianita Torres?

Es cuestión de edad me dice Sánchez, debe ser o claro le respondo, da igual. Putamadre y pensar que tú lo besabas meses atrás, mujer. Qué tonta fuiste y por quemarte las manos además. María Claudia, como era usual, no entendió.

Al poco rato, llega Empédocles Jesús, Ve doble El Tirador, desde el Británico de Miraflores. Me mira con una cara de sorna. Esboza una media sonrisa e intercambia guiños con María Claudia Sánchez y Carlo Sar.

–¿Y la saltimbanquería, monsieur? –Le pregunto–.

Estaba acompañado de Clotilde Espejos, miembro suplente de un colectivo villarrealino que se quedó con dos miembros. Dicen que el tercero se fue de pena. 

Y por fin Arturo alcanzó a la chica bombón. Ella reía sin parar, él trataba de callar. Me acerqué.
Ella frunció el ceño y Arturo se cagó de la risa (...)

lunes, 29 de noviembre de 2010

Incoherencias: Amistad

Es una constante en mí o una maldición quizá, que siempre termino enemistado, peleado, liado, emperifollado de insultos y rejodido con mis amigos cercanísimos. Léase los íntimos o el también huachafísimo best friends.

Me ha pasado en la mayoría de colegios en los que he estado, que no han sido pocos; en la primera Universidad a la cual pertenecí; y, naturalmente, en la actual Universidad en la que estoy matriculado. ¿Es acaso más fuerte mi misantropía revestida de sorna recalcitrante la que corroe a mi instinto gregario y no lo deja fluir libremente?  ¿Es acaso la necesidad vitanda de destruir lo que mueve a que mis relaciones interpersonales tiendan siempre al fracaso? ¿O es que los egos perversos que en mí habitan tienden, en algún momento, a incompatibilizar con el otro y crean un campo de rechazo que no queda sino la mera destrucción?

Siempre he huido de la masa, las religiones, la música popular, la televisión, entre otras taras. He mirado desde un sesgo elitista a la otredad circundante. He odiado a destajo al otro que, perceptiblemente, es superior a mí. Nunca creí en el amor ni en la familia. Me ha molestado sobremanera la forma en la que se conducen muchos: la vulgar. Sin embargo, en un solipsismo colapsado, más bien destruido por diversos factores, caí. 

Caí, pues,  en el marasmo de la mímesis. Y una vez embarrado en el miasma que es el convivir o más bien el sobrevivir con la otredad por mímesis, me deformé. Yerro y yerro. El círculo eterno que envuelve capas y capas de heno, freno del equilibrio que debe existir en el humano deseo de saberse ¿querido? ¿Una aceptación vacía con otros que nada importan? ¿Un desentenderse siempre y, para colmo de la engañifa, desquererse para querer al otro? 

Hoy quiero pensar que no, que el problema no soy yo, mi ego, sino, sartreanamente, los otros.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Histérica


Histérica

La estentórea voz clama la salvación
por lo difícil que le resulta morir
por los dolores que le causa pensar
por lo inútil que es ya (mentir).


Y grita interminables salmos y blasfemias
Reclama al Señor y al dios de Israel.
Y el espejo le devuelve a Flavros
a Astaroth, a Malphas,
no a sí.

Maldice las facticias imágenes… ¿ha sido así de fútil todo esto? …que se ha ido construyendo
¿En los estertores, sin Adramelech ni Conselheiro, todo es infértil?
Intenta, por fin, despintar el rostro mil veces maniqueo

El espejo le devuelve a un Minos acabado
a un acuchillado retrato londinense
a un viejo tísico que quiere ser uno con la Negra Noche
y que imposibilitado
chilla,
pide,
reza,
maldice,
se redime,
se condena,
a él.